Has muerto y has vencido a la muerte al resucitar al tercer día. Eso cuentan de ti. Como también cuentan que anduviste hace dos mil años por un lejano y oscuro rincón de este planeta, que enseñaste el amor al prójimo y que obraste prodigios y milagros.
Quizás si hubiese estado en aquel tiempo y en aquel lugar, te hubiese seguido ciegamente. Quizás habría dado mi vida por ti si tu mensaje me hubiese cautivado.
Pero no estuve allí, no lo vi. Dicen que uno de los que te seguían era tan escéptico como yo, y tuviste que permitir que metiese sus dedos en la llaga de tu costado para que aceptase tu resurrección de entre los muertos.
A mi no me has dado esa oportunidad. Por lo tanto sigo siendo escéptico. No lo soy de mala fe, no tengo ánimo de ofenderte, pero compréndeme, no te he conocido en persona. Nunca escuché tu voz ni tus palabras. Nunca vi tus obras a través de mis propios ojos.
Sin embargo sí que veo a diario a aquellos que se hacen llamar tus hijos, a los que dicen seguir tus enseñanzas. Y no veo excesivo amor, no veo una completa hermandad, no veo grandes obras. Tras tu muerte, aquí se usó tu nombre para cometer las mayores barbaridades. Se masacró, se torturó, se infligió daño y dolor en tu nombre.
Sé que nunca estuviste detrás de todo ese mal que los hombres cometieron cobardemente escudados tras tu figura. Sé que quizás tampoco tengas nada que ver con el sufrimiento y dolor que nos rodea y que casi con total seguridad causamos nosotros mismos porque nuestras almas están ciegas y esa ceguera nos hace incapaces de entender casi nada.. Pero entiéndeme. Cada día conozco mejor al hombre. Sé que es capaz de mentir y manipular cualquier cosa para alcanzar sus objetivos. Hay tantos ejemplos de ello. Con tal de obtener fortuna y poder incluso inventarían la historia de alguien que hace dos mil años trajo un hermoso mensaje de amor.
Si esa, tu historia, me la hubieses revelado tú mismo, no dudaría de una sola palabra. Pero me la transmitieron los hombres, los mismos que manipulan y destruyen escondidos tras oscuras intenciones. ¿Qué quieres que haga? Me resulta difícil creerles a pies juntillas. Especialmente cuando es esa precisamente la forma en que pretenden que les crea.
Me contaron de pequeño que unos magos que venían de oriente te llevaron oro, incienso y mirra cuando solo eras un bebé. También me contaron que esos mismos magos nos traían cada 6 de enero a todos los niños regalos y juguetes.
Con los años descubrí que me habían engañado. Esos juguetes que en la mañana de ese día tan especial aparecían en mi habitación los habían comprado mis padres y los habían puesto allí ellos. Nada de magos de oriente que viajaban en camello. Todo era mentira.
Ahora pienso que si me engañaron en algo así, ¿no me estarán engañando también cuando me cuentan tu historia?
Es difícil creer. Quizás sea todo demasiado bonito y hermoso para ser real. Historias así no tienen cabida en la vida cotidiana.
Bueno, ya sé que en tu tiempo el mundo no era menos complicado que ahora. Tu lo sufriste en tu propia carne: te clavaron en una cruz y te dejaron morir. Hasta los tuyos te dieron la espalda cuando las cosas se complicaron. Parece ser que todo aquello fue necesario, al menos eso cuentan. Aunque a mi me gustabas más andando sobre las aguas, multiplicando los peces, enseñando a los niños. Con gusto me hubiese hecho pescador junto a ti.
En fin, tras tantas letras no he conseguido aclarar nada. Esto sigue siendo un monólogo. Aunque… espera… tú decías que Dios habita en nuestros corazones. Quizás lo que yo creo es un monólogo sea un diálogo contigo. Bueno… qué más da. No tengo manera de saberlo.
Aunque pienso que si verdaderamente existes, algún día me mirarás a los ojos, sonreirás, dirás mi nombre y, entonces, no te digo que vaya a creer en ti, pero sabré que eres tú, aquel del que tanto me han hablado, y con eso bastará.
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