Fiesta

Siendo hoy el día de San Fermín, no he tenido más remedio que recordar lo que en esta España nuestra llamamos “fiesta nacional”, que no es otra cosa que, para vergüenza nuestra, un resquicio que permanece de la parte más oscura de los pilares de nuestra civilización.

En la vieja Roma en centro de la fiesta eran los cristianos echados a las fieras o las luchas entre gladiadores. Hoy, los españoles, un pueblo tan respetuoso de sus tradiciones, seguimos con la vieja costumbre. Ahora es un animal que unos dicen nace para morir “con honor”.

¿Qué honor? ¿El que le dan en Coria, provincia de Cáceres, uno de entre tantos reductos que quedan aún de esa “España profunda” y que ojalá pronto desaparezca? Gente tan civilizada y tan culta como la de allí tienen como principal tradición popular la tortura de un animal al que cubren de dardos, vejan y torturan a lo largo de las calles del pueblo, para que al final de esa agonía, un salvaje, porque otro nombre no tiene, le dispare con una escopeta en la cabeza y la masa ignorante, esa misma masa a la que solo le interesa el bar y el fútbol, se lance enloquecida sobre el cuerpo del animal, una vez muerto, para demostrar su supremo salvajismo e ignorancia.

No es esa infame Coria el único lugar donde la gente “de bien” de los pueblos de España celebra sus tradiciones populares torturando a un animal, que por otra parte tampoco tiene que ser un toro. Una cabra, un burro y hasta un perro vale para que su sufrimiento se convierta en diversión de una especie humana que, de seguir así, debería desaparecer de la faz de este planeta.

Lo peor es que nuestra progresista administración no tenga reparos en llamar a estas cosas “fiestas de interés turístico”.

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