Aunque ya había estado anteriormente en Italia, hacía muchos años de aquella visita que, por otra parte, me había dejado un mal sabor de boca al no poder ver, por falta de tiempo, todo lo que me habría gustado.
Por eso había decidido que este era el momento de volver, y con una larga lista de lugares y monumentos que visitar, llegó el gran día, el 21 de julio.
Durante la preparación del viaje una de las cosas que más me había preocupado era el horario de los vuelos de ida y vuelta. Prácticamente todos partían desde Madrid, y eso era un gran inconveniente porque la llegada era lo suficientemente tarde como para dar por perdido el primer día, cosa a la que no me agradaba resignarme. Por fortuna descubrí que el servicio que Iberia no presta, un vuelo directo Sevilla – Roma, sí lo proporciona Vueling, con un flamante nuevo Airbus 320. Salíamos de Sevilla a las 10:10 de la mañana y aterrizabamos en Roma a las 12:40. No está mal, teníamos la tarde completa para empezar a recorrer la ciudad.
Tras llegar temprano al aeropuerto, facturamos el equipaje y nos dispusimos a entrar el la zona de embarque, pasando los controles ya habituales en este tipo de viajes. El vuelo se hizo corto, quizás porque me entretuve en fotografiar desde el aire casi todo lo que se me ocurrió. Sobrevolamos Servilla al despegar y posteriormente Córdoba y Albacete. Valencia fue la última ciudad que vimos de la península. Ya sobre el mediterráneo pasamos sobre las islas Baleares y, a punto de llegar a nuestro destino sobre Cerdeña. Llegamos a Roma unos 20 minutos antes de la hora prevista gracias al viento de cola. El vuelo transcurrió a una altitud de 11.000 metros.
Una vez en el aeropuerto de Fumicino, fue el momento de volver a poner los pies en tierra, y nunca mejor dicho. Tras un buen rato de espera para recoger el equipaje, teníamos que localizar la agencia de alquiler de coches con la que habíamos reservado un vehículo con el que movernos por Italia. Nos llevó un buen rato encontrarla, pero peor fue el disgusto de saber que nos iban a hacer un cargo en la tarjeta de crédito por importe de 850 euros en concepto de fianza, cantidad algo desproporcionada en comparación con lo que hemos pagado en ocasiones similares en España. Pienso que quizás se deba a que eramos extranjeros y en ese caso te apliquen una fianza mayor. De todos modos era eso o quedarnos sin coche, que por otra parte ya había sido pagado por Internet, así que hubo que pasar por el aro.
El siguiente desafío era llegar con el coche a nuestro hotel, situado en un barrio residencial al norte de la Ciudad del Vaticano. En la autovía desde Fumicino a Roma, las indicaciones para llegar a Ciudad del Vaticano eran frecuentes y claras (me imagíno que para que no se pierdan los cardenales que peregrinan habitualmente a la Santa Sede), el problema era a partir de ahí. Pero aunque el perro sigue siendo el mejor amigo del hombre, los aparatitos electrónicos se están ganando un buen lugar en nuestros corazoncitos, y mi mejor amigo en este viaje no ha sido Chispa, que, la pobre, se ha tenido que quedar en casa. Ese lugar lo ha ocupado mi GPS con los mapas Tomtom de Europa Occidental. Gracias a ese cacharrito, y con la excepción de algún que otro susto, nos hemos movido por Italia sin miedo a perdernos. Y gracias a él llegamos a al Vía Alfredo Fusco, 118 de Roma, donde nos esperaba nuestro hotel.
Poco tiempo estuvimos en el. Lo justo para deshacer el equipaje y descansar unos minutos. Enseguida estabamos en el coche camino del centro de Roma, con la inestimable ayuda del GPS. Así vimos los principales monumentos de la ciudad y, finalmente, conseguimos aparcar junto al Circo Máximo, o mejor dicho, al lugar donde éste estubo, ya que de él no queda absolutamente nada más que una explanada llena de polvo donde a esas horas algunos romanos hacían “footing”.
Tras el Circo Máximo, la zona palatina, donde antiguamente estaban los palacios de los emperadores, de los cuales también queda bien poco. Y un poco más adelante, de repente, te encuentras con el Coliseo y el arco de Constantino. Junto a ellos, los restos de lo que en su tiempo fue el foro romano.
Tras disparar unas cuantas fotos por la zona, decidimos adentrarnos en las calles más centrales de Roma para encontrar algo que llevarnos a la boca. Llegamos hasta la estación de Termini, pasando por Santa María la Mayor, una de las grandes basílicas de la ciudad y cuyo territorio pertenece al Estado de la Ciudad del Vaticano. Como habíamos tenido la precaución de llevar unos sándwiches desde España con la idea de que posiblemente no pudiésemos cenar en el Hotel, al final solo compramos un poco de fruta en un puesto que estaba abierto a esas horas y, por supuesto, nos comimos uno de los famosos helados italianos.
Con todo eso ya era bastante tarde para nosotros. Al día siguiente había que madrugar para salir hacia Pompeya, así que decidimos volver al hotel y dar por terminado el día. Después de todo habíamos visto en esas primeras horas más cosas de Roma de las que esperábamos.
Album fotográfico del primer día de viaje


Bueno, bueno, bueno que envidiaaaa.. en fin ya iré yo, pero eso sí más relajadita, yo me iré un mes o así jejejejje
Que muchas gracias por enviarlas así poco a poco, está muy bien, eres un mostruo!!! y… ya leeré tus parrafada es que hoy nos levantamos a las seis para renovar el D.N.I: y… sono estanca caaro! bueno nos vemos, y airé para haceros una visitilla, ok? tal vez vaya acompañada, pero osavisaré antes, no os preocupeis, ciao bambino.
muuuuuuuuacK!!!!! y gracias otra vez!!!