No puedo resistir la tentación de pedir al alcalde de Sevilla que nos ponga unas poquitas fuentes en las calles de la ciudad.
Mire usted, don Alfredo, acabo de volver de Roma y en aquella otra ciudad se puede encontrar una fuente casi en cada esquina. Fuentes de agua potable y fresquita que alivian al turista y al romano de las altas temperaturas del verano. Había una, junto a la Plaza de San Pedro, que hasta daba el agua literalmente helada. Digo yo que seguro que es un milagro para promocionar al Vaticano, que está a escasos 20 metros de la bendita fuente.
Y vuelve uno a Sevilla un día con los termómetros a 45 grados para enfrentarse a la realidad de esta ciudad. Mucho cuento, mucho carril bici que no sirve para nada y no respeta nadie, mucho metrocentro y mucho de todo, eso sí, de todo menos algo tan esencial como el agua. Aquí el turista y el sevillano lo tienen crudo en las interminables tardes de verano con esos termómetros que superan los 40. Si quieren agua, o la compran en un bar o se tiran al Guadalquivir… aunque esto último habrá que pensárselo porque creo que está prohibido.

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