Plaza de San Pedro y Vaticano

Tras el cansancio de nuestra anterior jornada en Pompeya, teníamos un día entero que dedicarle a Roma. Había mucho que ver, y decidimos comenzar por el Vaticano. En mi agenda tenía la Plaza de San Pedro, la basílica del mismo nombre, incluyendo una visita a las tumbas de los papas y la subida a la cúpula, y, finalmente los famosos Museos Vaticanos.

Poco antes de partir hacia Roma me había enterado que era posible visitar las excavaciones bajo la Basílica de San Pedro, donde estaban al descubierto la antigua necrópolis pre-costantiniana y restos de la basílica original, parcialmente derruida por orden de Julio II para construir la actual. Sin embargo esta visita no se iba a poder realizar, al menos en este viaje, ya que era necesario hacer una reserva con bastante antelación dadas las restricciones de entrada a esta zona.

Al pasar en nuestro coche de alquiler alrededor de la muralla vaticana, pude observar que existía una cola de dimensiones gigantescas. Por mi anterior visita a Roma en 1994 sabía que era la cola para acceder a los Museos Vaticanos. Tomamos la decisión de visitar en primer lugar la basílica y, finalmente, si sobraba tiempo, iríamos a los museos.

Tras un buen rato para conseguir aparcar a cierta distancia del Vaticano, pusimos el pie en la Plaza de San Pedro. Allí había otra cola, aunque mucho menor que la de los museos. Había que pasar un control de seguridad para acceder a la basílica. Recuerdo que por mi cabeza pasó un pensamiento fugaz sobre lo que había cambiado el mundo desde 1994. Entonces no había ningún tipo de control de entrada. Pasado el control, había un segundo “control”, aunque este sí que me lo esperaba ya que es tradicional en las iglesias de Italia. Simplemente se aseguran que los visitantes vayan vestidos de forma respetuosa de acuerdo al lugar al que van a acceder.

Una vez dentro, debíamos tomar la decisión de qué visitar primero: el interior de la basílica, las tumbas de los papas o la cúpula. Decidimos ver las tumbas de los papas.

Las Sagradas Grutas Vaticanas contienen los cuerpos de diversos pontífices que han pasado a lo largo de la historia de la Iglesia. No están todos, ni mucho menos, pero al menos si podemos visitar las tumbas de los más recientes. Cabe destacar la tumba de San Pedro, descubierta a mediados del siglo XX y que se encuentra justo bajo el altar de la basílica. Las Grutas Vaticanas son en realidad un sótano bajo el suelo de la basílica, y debajo de ellas se encuentra, a unos 7 metros de profundidad, la necrópolis pre-costantiniana en donde, originalmente, se hallaron los restos del apóstol. La entrada para visitar las tumbas papales es gratuita.

Yo tenía interés en visitar la tumba de Juan Pablo I, un papa al que desgraciadamente poco pudimos conocer ya que falleció al mes de ser elegido sucesor de Pedro. Un papa honrado y humilde cuya muerte nunca fue esclarecida y que posiblemente pretendía hacer grandes cambios en la curia romana. En realidad nunca sabremos hasta donde habría llegado ni la verdad sobre su muerte, pero a pesar del poco tiempo que pudimos disfrutar de él, siempre será recordado como el papa de la sonrisa. Existen un par de libros sobre su extraña desaparición publicados por el padre Jesús López Saez y cuya lectura recomiendo: Se pedirá cuenta y El día de la cuenta. A estos hay que añadir el publicado por el británico David Yallop, In God’s name (en el nombre de Dios).

Bien, tras este inciso que no he podido evitar, allí estaba junto a la tumba de Juan Pablo I. Casi frente a él, estaba Pablo VI, y un poco más adelante Juan Pablo II. Ante la tumba de éste último había varias personas rezando y a los turistas que nos deteníamos, no hacían proseguir la marcha enseguida. Allí me gané mi primera riña por sacar la cámara y hacer una foto que, después de todo, no me salió muy bien ya que se me metió alguien delante. Es curioso, había carteles en los que se indicaba la prohibición de hacer fotografías dentro de las grutas, pero todo el mundo las hacía. En el único lugar donde realmente te llamaban la atención era ante la tumba de Juan Pablo II. Me pregunto si tendrá algo que ver con la postal que era posible adquirir en el mismo Vaticano con la foto de dicha tumba.

En uno de los extremos de la nave, tal como he mencionado, había un cristal a través del cual se puede ver la tumba de San Pedro. Desgraciadamente ese mismo cristal hacía muy difícil la tarea de obtener una buena foto, especialmente si lo combinamos con la poca luz existente y la prohibición de hacer ningún tipo de fotografía. Dado que las escaleras situadas frente al altar en la basílica dan acceso a esta misma tumba, me marché con la esperanza de que desde arriba se pudiese obtener una mejor imagen. Finalizado el recorrido por las grutas había llegado el momento de entrar en la basílica.

La entrada en la Basílica de San Pedro es gratuita, al igual que la de las Sagradas Grutas Vaticanas. Lo primero que llama la atención del lugar es sus dimensiones. Todo allí dentro es inmenso. Las estatuas son gigantescas, el altar principal, coronado con el Baldaquino de Bernini es impresionante. Sin embargo, quizás lo más admirado de su interior se encuentra a pocos pasos de la misma entrada, a la derecha: la piedad de Miguel Ángel, protegida por un cristal antibalas desde que en 1972 un loco le propinase 15 martillazos que desfiguraron la cara.

Llama la atención que esta es una de las escasas estatuas en las que se representa a Cristo o a su madre, ya que el resto de las inmensas tallas que se reparte por toda la basílica representan principalmente a papas y a algún que otro santo. Esto parece mostrar que este templo se trata más bien de un monumento que ensalza a los diversos sucesores de Pedro que han existido a lo largo de la historia. Quizás la principal figura dentro de la basílica sea una del mismo San Pedro que data del siglo IV, cercana al altar mayor, y cuyos pies se encuentran gastados por el roce de los ¿peregrinos o turistas? que a diario pasan ante ella.

Sobre el altar la inmensa cúpula, también de Miguel Ángel, con una altura de 192 metros y a la que pronto subiríamos. En las capillas laterales se pueden ver los cuerpos embalsamados, dentro de una urna de cristal, de los papas Pio X e Inocencio XI, santo el uno y beato el otro. Al parecer también se encuentra expuesto el cuerpo de Juan XXIII, el cual hasta hace poco ocupó en las grutas vaticanas la tumba que ahora acoge los restos de Juan Pablo II, pero al menos yo no pude encontrarlo. Dado que algunas de las capillas estaban cerradas al público, es posible que estuviese en una de ellas.

A la izquierda de la basílica se encuentra la entrada al Tesoro de San Pedro, donde se exponen diversos objetos litúrgicos y la tiara usada en la coronación de los papas hasta Pablo VI. La entrada en este recinto no es gratis, aunque no recuerdo su importe ya que decidimos no entrar.

Finalizamos la visita a San Pedro subiendo a la cúpula antes mencionada. El acceso a ella no es gratuito, y existen dos precios diferentes según la forma elegida. Si deseamos hacer toda la subida a pie, el coste es de 4 euros, pero si preferimos usar un ascensor que nos lleva a la altura del techo de la basílica aproximadamente, el coste es de 7 euros. Elegimos la primera opción y pudimos subir por una escalera amplia y moderna hasta lo que es el techo de la basílica.

Desde allí ya se empiezan a disfrutar unas buenas vistas de Roma, aunque todavía queda la peor parte por subir. Las escaleras de lo que es ya la cúpula en sí se van estrechando a medida que se asciende, al mismo tiempo que las paredes se curvan hacia dentro dando forma a la cúpula. Este es sin duda el tramo más penoso de subir, y no hay otra alternativa que el hacerlo a pie, ya que el ascensor antes mencionado solo llega hasta la base de la cúpula. Cuando estamos alcanzando la meta se han estrechado hasta tal punto las escaleras que es necesario caminar de perfil. Afortunadamente pronto llegamos al mirador donde es posible moverse sin demasiados problemas de espacio y desde donde las vistas hacen que haya merecido la pena llegar hasta allí.

Según se sale, ligeramente a la izquierda podemos contemplar la Plaza de San Pedro con el obelisco, que un día estuviese en el circo de Nerón, en su centro. La vista se pierde hasta llegar al Tíber, con el castillo de Sant’Angelo, última residencia de los papas antes de la pérdida de los Estados Pontificios, a la izquierda. Y más allá del Tíber es posible contemplar el centro de Roma, destacando entre todos los edificios el monumento a Víctor Manuel II, o Altar de la Patria.

Pero es cuando damos una vuelta completa por el mirador de la cúpula cuando podemos contemplar la totalidad de la Ciudad del Vaticano bajo nosotros. A la derecha los edificios administrativos, Museos Vaticanos, Capilla Sixtina y Palacio Apostólico (residencia del papa). El resto de la superficie la ocupan principalmente los jardines vaticanos, dentro de los cuales es posible observar algunas construcciones, como el edificio de la Radio Vaticana, que en realidad aprovecha una de las torres de la vieja muralla que rodea a esta ciudad dentro de otra ciudad.

En el extremo izquierdo es posible observar lo que quizás sea una de las construcciones más modernas del recinto, el edificio que alberga el aula Pablo VI. También se puede ver el viejo camposanto teutónico rodeado de un muro.

Tras un buen rato contemplando el paisaje, es hora de volver a bajar, pues aun queda mucho por ver en esta ciudad. La bajada es similar a la subida, salvo que en esta ocasión las escaleras se van ensanchando a medida que descendemos, lo cual es un alivio. Nos volvemos a detener en el tejado de la basílica para curiosear en la tienda de recuerdos y tomar un refresco. Desde allí nos podemos acercar a las figuras de Cristo y los apóstoles que hay sobre la fachada principal. Como todo lo demás en los alrededores, son colosales.

Después de un descanso finalizamos la bajada para salir por el interior de la basílica que anteriormente habíamos visitado. Ya en el exterior nos detuvimos a contemplar el obelisco de la plaza y las dos fuentes situadas a cada lado de éste. También nos pasamos por la oficina de correos para enviar unas postales a la familia.

A pesar de nuestro deseo de incluir en ese mismo día la visita a los Museos Vaticanos, en vista de la hora de salida de San Pedro, preferimos recorrer a pie la avenida de la Conciliación hasta el castillo de Sant’Angelo y asomarnos al rio Tíber desde el bello puente del mismo nombre.

Tras eso, vuelta al hotel para descansar el resto de la tarde y explorar un poco el barrio Balduina, donde nos alojamos. Al día siguiente nos espera otra larga jornada en Florencia.

Álbum fotográfico del tercer día de viaje.

3 Responses to “Plaza de San Pedro y Vaticano”


  • Saludos Paco:

    Mi nombre es Domingo y soy un enamorado de Italia. La última vez que fui fue en julio de 2007. He estado varias veces en el Vaticano y hago mías algunas de las reflexiones que realizas como las de la prohibición de no hacer fotos y la venta de postales. Al respecto quiero llamar tu atención sobre otras cuestiones como la presencia constante de tiendas para recuerdos ¡hasta en el techo de la basílica! lo cual me recordó el episodio de la expulsión de los mercadeeres y cambistas del templo. Otra cuestión es que estas tiendas están regentadas por mujeres y del tercer mundo ¿a ese papel relega la iglesia católica a las mujeres y a las zonas más pobres del mundo, a personal de servicio no cualificado? Se les ve el plumero.

    Me agradaría continuar intercambiando opiniones al respecto. Saludos.

  • Gracias por la información, tiene mérito lo tuyo, ver tantas cosas en un sólo día. Y es que Roma es maravillosa, sus calles están llenas de historia. Yo dispuse de tres días y entonces fue mucho más fácil. Me ha encantado lo que escribes pero también me ha llamado la atención que te fijes en las estatuas de santos y Papas, que sólo son esos estatuas, y que nos recuerdan a personajes importantes para los cristianos pero que no comentes nada de la Capilla del Santísimo que queda a la derecha, es la más importante, pues es la del Tabernáculo, ahí está el Señor y como tal está siempre llena de gente rezando, yo pasé un buen rato allí pidiendo por tantas cosas… Me da pena ver que mucha gente, la mayoría turistas pero incluso algún peregrino, se fija en lo accesorio, lo pasajero y olvida lo principal. Por último, a mi también me encantó la sonrisa de Juan Pablo I, yo nací en ese año, pero me parece que de lo que escirbes es lo que me parece más fuera de lugar, parece que te apuntas a elucubraciones típicas de novelas de thriller y poco serias del estilo del Código da Vinci. Seguro que no ha sido tu intención sino la de admirar al Papa Luciani. Si alguien quiere conocer escritos de ese encantador Papa aconsejo el libro “Ilustrísimos Señores” que recoge varios de sus artículos. Se vendió como rosquillas en los años setenta y ochenta.

  • No creo haber mencionado en ningún momento nada que me ponga a la altura del Código Da Vinci en ralación a la muerte de Juan Pablo I. Desgraciadamente su muerte fuen tan misterosa como inesperada, y la versión que dio originalmente el Vaticano queda totalmente descartada por los propios testimonios de las personas más cercanas en ese momento.

    De ahí a decir que fue asesinado hay un abismo por el que no pienso saltar, pero sin duda se hubiese agradecido que su sucesor intentase esclarecer un poco los motivos de la muerte de este Papa.

    Tengo la versión original italiana de Ilustrissimi y efectivamente es un libro con mucho encanto. También recomiendo un libro de Camilo Bassotto, amigo personal del Papa, titulado Juan Pablo I, Venecia en el Corazón.

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