Tras el cansancio de nuestra anterior jornada en Pompeya, teníamos un día entero que dedicarle a Roma. Había mucho que ver, y decidimos comenzar por el Vaticano. En mi agenda tenía la Plaza de San Pedro, la basílica del mismo nombre, incluyendo una visita a las tumbas de los papas y la subida a la cúpula, y, finalmente los famosos Museos Vaticanos.
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Sucedió cerca del mediodía del 24 de agosto del año 79. El Vesubio, un volcán que llevaba más de 1500 años sin dar señales de actividad, decidió despertar de repente. Bueno, quizás no fue tan de repente, ya que los habitantes de sus laderas llevaban un tiempo soportando algunos temblores de tierra y otras señales que, para nosotros, serían alarmantes. Sin embargo los romanos no sabían demasiado de volcanes. De hecho la única referencia que tenían de uno era el Etna, al cual sí que habían podido observar en plena erupción. Pero lo consideraron un caso único y no se preocuparon más. Al menos hasta ese 24 de agosto, en que el cono del Vesubio voló por los aires en una explosión más violenta que las de las bombas atómicas que se lanzaron en 1945 sobre Japón. Pocos habitantes de Pompeya habían huido los días anteriores, y la explosión y posterior baño de lava los cogió a casi todos de sorpresa.
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Aunque ya había estado anteriormente en Italia, hacía muchos años de aquella visita que, por otra parte, me había dejado un mal sabor de boca al no poder ver, por falta de tiempo, todo lo que me habría gustado.
Por eso había decidido que este era el momento de volver, y con una larga lista de lugares y monumentos que visitar, llegó el gran día, el 21 de julio.
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